En ocasiones veo jueces

Mi primer contacto con la judicatura tuvo lugar allá por el año 1984. Aprobé la oposición al cuerpo de Oficiales de la Administración de Justicia y fui a dar con mis huesos en el Juzgado de Distrito de Ciudad Real. Llegué el día 6 de agosto –aniversario de la bomba de Hiroshima, lo que ya me estaba indicando que no había sido buena idea aquella oposición-. En el Juzgado solamente había una funcionaria interina, que estaba ocupando mi plaza hasta que yo llegara; el resto del personal del Juzgado estaba de vacaciones. Ella firmó mi acta de posesión –en sustitución del secretario judicial- y acto seguido yo firmé su acta de cese en la misma condición. Se marchó y me dejó solo al frente del Juzgado, lo que puede dar una idea de la calidad de la Justicia que se administró en ese mes de agosto…

Pocos días después de llegar, estaba prevista una boda en el Juzgado. Apareció un señor que dijo ser el Juez sustituto y que venía para celebrar el enlace. Luego supe que, como sustituto que era, no solo no era juez de carrera, sino que ni siquiera tenía el título de licenciado en Derecho. En aquel entonces había cosas así.

El hombre llevaba una “chuleta” donde había copiado a mano los artículos 66, 67 y 68 del Código Civil, que, según la Ley, deben ser leídos durante la celebración del matrimonio civil. Tuvo la delicadeza de no llevar la chuleta en la mano, para que no se viera, puesto que iba a oficiar la ceremonia en pie ante los contrayentes, así que, cogiendo un libro, colocó el papel dentro para que no se viera la chuleta. Me di cuenta con desconcierto, de que el libro en cuestión era un Código Penal y, por un momento, imaginé la cara de estupor de los contrayentes al ver al oficiante esgrimiendo un Código Penal, como si estuvieran cometiendo un delito –hay quien piensa que el matrimonio debería estar tipificado como tal-. Así que busqué un Código Civil y, con el debido respeto a la autoridad judicial, le insinué que sería conveniente cambiar de libro.

Un ilustre magistrado –éste sí, de carrera-, con el que coincidí años después, siendo yo Juez sustituto, también se proveía de chuleta para las ceremonias nupciales y, aunque la leía con discreción y sin necesidad de echar mano del Derecho Penal –porque se sentaba y colocaba la chuleta sobre la mesa-, hay que reconocer que su actuación era de “Juzgado de Guardia”. Celebraba las bodas los viernes, por aquello de que los contrayentes y los invitados preferían este día de la semana a cualquier otro laborable. Pero como los viernes acudía al Juzgado “de casual”, era frecuente que pasara a la sala de bodas vestido con pantalón vaquero y camisa de flores desabrochada hasta una altura poco adecuada para la dignidad de su rango. Sobre la camisa floreada se colocaba la toga, luciendo tanto las flores de la camisa como el vello pectoral. A menudo incluso mascaba chicle durante la ceremonia, lo que, unido a su bajo volumen de voz, contribuía a que no se entendiera nada de lo que decía. Más de una vez, los asistentes al acto se quedaban en su sitio una vez terminada la celebración, porque no sabían si había terminado, si iba a continuar, o si ni siquiera había comenzado -tal era la brevedad con la que el ilustrísimo despachaba este tipo de actos-.

Tampoco puede calificarse de muy elegante el estilo de aquel magistrado que, mientras tomaba declaración a un testigo, en su despacho, ante el propio testigo y los abogados de las partes, se sacó del oído derecho un algodón sorprendentemente largo; lo depositó con parsimonia sobre su mesa; abrió un frasco e, inclinando la cabeza hacia el lado izquierdo, echó unas gotas en el oído. Finalmente, colocó cuidadosamente un algodón limpio. Mientras tanto, el abogado que estaba interrogando, había continuado haciendo sus preguntas como si nada estuviera pasando; el testigo siguió contestándolas, y la funcionaria transcribiendo la declaración. Nadie hizo ninguna observación, pero las miradas que se cruzaron los presentes lo decían todo.

Este magistrado amaba tanto a su esposa que no podía pasar una noche sin ella, de tal manera que, cuando tenía guardia y debía quedarse a dormir en el Juzgado de Guardia, allá se presentaba su mujer con el maletín y el neceser para dormir junto a su marido. Bien pensado, podría tratarse de una cuestión de celos, porque la susodicha tenía una extraña relación con la Secretaria Judicial, de la que decía que le hacía pedorretas cuando se cruzaban… Aunque lo cierto es que el ilustrísimo era un fiel cumplidor de sus obligaciones, tanto las conyugales como las de cualquier otro tipo, hasta el punto de que no estaba dispuesto a que un día de guardia le distrajera de sus quehaceres habituales; así, si la guardia coincidía con el día de la semana en que solía intervenir como tertuliano, un par de técnicos de la radio se desplazaban al Juzgado de Guardia y él se colocaba sus auriculares como si nada, para no privar a los oyentes de sus sabias reflexiones. Los funcionarios tenían que esperar a que finalizara el programa para poder pasarle a la firma cualquier documento o para consultarle cualquier cuestión que pudiera surgir, aunque fuese urgente.

Había una magistrada que tenía el parquet de la sala de vistas lleno de quemaduras, porque fumaba durante los juicios y, cuando terminaba el cigarrillo, lo tiraba al suelo sin ni siquiera molestarse en apagar la colilla. Claro que también tenía quemada la mesa de su despacho, ya que por las tardes, cuando se quedaba sola en el Juzgado, encendía velas en la mesa y las dejaba encendidas incluso cuando se marchaba a su casa. Nunca supe si hacía algún tipo de ritual o es que simplemente le gustaba trabajar (o lo que quiera que hiciera por las tardes) a la luz de las velas.

En una ocasión, dos inspectores del Consejo General del Poder se personaron en el Juzgado para llevar a cabo una inspección de las que habitualmente pasan todos los órganos judiciales. La magistrada de las velas se encerró en el cuarto de baño y no quiso recibirlos ni saludarles. No salió de allí hasta que se marcharon los inspectores, una vez concluida su labor, varias horas después. Se cuentan otras historias variopintas de esta mujer, pero como no las conocí de primera mano, no voy a transcribirlas.

Naturalmente, también hay multitud de jueces y juezas y magistrados y magistradas que actúan con dignidad y con normalidad; incluso los hay que actúan con humanidad. Pero en estas líneas he querido contar algunas rarezas que me han dejado un simpático recuerdo.

 


Escrito por Ramón Gutiérrez del Álamo, Socio, director del Área Procesal de Adarve